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viernes, 22 de julio de 2011

Don Miguel de Cervantes Saavedra - el indignao -. - I I I -


“-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta y pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.” (Lib 1, Capítulo VIII).

El Quijote es, a mi entender, la obra magna de la literatura universal de todos los tiempos, nada hay que se le parezca, pero para ello debieron darse toda una serie de circunstancias sin cuyo concurso de todas y cada una de ellas, no hubiera sido posible que la humanidad gozara de tal   maravilla. Veamos.
En los tiempos que le tocó vivir a nuestro insigne escritor, el reino de España vivía envuelto en reyertas internacionales que iniciara el reinado de Carlos I, ello trajo consigo varias consecuencias decisivas para el presente y el devenir de los siglos futuros, de una parte, la total despreocupación en la administración del propio reino –entendido éste en sentido estricto, es decir,  España- con dejación absoluta de la propia articulación de la sociedad, sus necesidades y medios de producción, etc;  la despoblación de hombres constantemente demandados para la guerra y, lo que es peor, la descapitalización del país ante las ingentes demandas de los gastos militares; por otra parte, y tal vez como causa de lo anterior, el corazón y espíritu
ibéricos eran  víctimas y andaban revueltos entre los platónicos amoríos de las novelas pastoriles y las aventuras de las novelas caballerescas, hasta el extremo que el propio Cervantes fue víctima de una y otra. Se sabe, porque está documentado, que el mismísimo emperador Carlos I era aficionado a la novela caballeresca. Por tanto con toda esta amalgama de circunstancias y ánimos belicosos y encendidos, al nieto de los reyes católicos no le quedara otra opción que multiplicarse, ora sofocando fuegos en Flandes, ora incendiando Nápoles; de la España, de la pobre España, nadie que la vele, nadie que la ocupe, nadie que la gobierne. El ejemplo lo tenemos en el mismo Cervantes, cuando cumplidos poco más de veinte años y sin formación que se sepa, no le queda más remedio que enrolarse en la única ocupación existente al momento –los tercios-, con las desventuras y heroísmos de todos conocido y su maltrecho cautiverio durante largos