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martes, 2 de agosto de 2011

Semblanzas -Córdoba I-

Julio Romero de Torres -La siesta-


              SEMBLANZAS – Córdoba I -

-Hay gente pá tó – esa fue la lacónica respuesta con la que el califa del toreo, Rafael Guerra Bejarano  - El Guerrita – sentenció con la misma altanería,  temple y gravedad con que minutos antes había plantado el capote ante las embestidas fieras del murlaco cuando terminada la gran faena de la tarde le presentaron a don José Ortega y Gasset y le apostillaron de profesión: –filósofo-.

Próxima al río Guadalquivir entre patios de limoneros y geranios alcanza a adivinarse la singular Plaza del Potro, frente a frente, de una parte, la residencia donde le alcanzara la muerte al genial pintor
del costumbrismo y la mujer cordobeses, don Julio Romero de Torres, sumiendo con ello por largo tiempo todos los estratos sociales de la ciudad en duelo, luto y dolor, de otra, la cervantina Posada del Potro dispuesta a modo de corral de vecinos, hoy reconvertida, después de siete siglos como tal, para usos culturales. Al otro lado, se divisa la torre de la catedral –otrora el mirab erigido por Abderrahman I-. Y es que a estas y aquellas alturas, Córdoba entera es el libro gordo de Petete que habla y a la vez recita con retahíla “el libro gordo te enseña, el libro gordo entretiene y por eso te digo contento hasta la semana que viene”, cuando en los más dispersos lugares de la geografía aún hoy se vienen librando pendencieras luchas de banderas, símbolos y  lenguas, once siglos antes, el califa Alhaquem II, implantó y dirigió una política basada en la igualdad de todos los grupos étnicos y religiosos para acceder a los puestos de gobierno, acabando con la nobleza militar árabe, berberisca, eslava o de cualquier otro origen. El respeto a los cristianos, a los judíos y a la inmensa parte de la población, así como la constitución de una burocracia meritocrática y una clase media comercial y administrativa fueron las bases de ese estado de bienestar, instaurando además la educación gratuita y obligatoria entre los pobres, pero si todo ello no fuera suficiente,  legó el califato más poderoso del momento a su heredero de sangre navarra, Hixen II, hijo de la concubina Aurora,  y para muestra una estampa del costumbrismo de Petete cordobés, y copio literalmente:  “La anécdota que se relata es un detalle de cómo los clásicos cordobeses hablaban cuando nada hay que decir. Estaba el "El Guerrita" en el Club que llevaba su nombre con unos cuantos amigos toreros y subalternos, era el mes de julio y hacia un calor sofocante, propio de Córdoba. "Rafael" se quitó el sombrero de ala ancha, se sacó un pañuelo y se secó el sudor de la calva y añadió: -Vaya un "caló" que "jace"; todos callaron, pasado un rato se oyó la voz bronca del "Zurito" que decía, -Sí que "jace" "caló"; se produjo otro silencio prolongado. El piquero "Catalino" cogiendo con gesto ceremonioso y calculado un vaso de agua bebió un trago, se limpió la boca con los dedos de la mano y añadió: - "Po" sí "señó" que "jace" mucho "caló".
No, no es fácil la convivencia cuando la pared que  media no es un nexo de unión sino un muro de contención de individualismos cuando además premian otros intereses más espúreos que los meramente humanos, y fiel reflejo de todo ello lo encontramos en la exuberante y grandielocuente Catedral-Mezquita, otrora Mezquita, otrora Basílica de San Vicente, y de estas contiendas no se sustraen ni califas ni emperadores; ni obispos ni cabildos; y muchos menos, el sufrido pueblo  llano. Y digo esto, porque a ver, mi queridísimo Abderrahmán I, no  podías haber elegido otro emplazamiento con todo lo grande que es el campo para plantar las primeras piedras de lo que posteriormente fuera la envidia de la humanidad entera. – Pues no, va a ser que no-, y hubo que derruirse por decreto militar la visigoda basílica de San Vicente –ahí, con dos cojones-. Pero aquí no acaban los festejos, antes al contrario, lo que ha sonado no es la traca, sino el chupinazo de salida. Y así cuatro siglos después,  don Fernando III alias “El Santo”  inicia las primeras remodelaciones –ante todo el gusto, la impronta y la comodidad del huésped-, hasta que un buen día, allá en el siglo XVI, con los tercios lidiando en mundo y medio contra turcos, bereberes, piratas, herejes y comuneros, el mismísimo Emperador Carlos I, no cree lo que ve y lo que están viendo sus ojos no es otra cosa que su propia sentencia